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30. November 2009 by admin.
Quiero agradecer, en primer lugar, al honorable jurado calificador, conformado por el cineasta Julio Hernández y los escritores Gerardo Guinea Diez y Raúl Figueroa, quienes desafiando los criterios establecidos me otorgaron este premio de novela corta que lleva el nombre del gran escritor guatemalteco Luis de Lión, para cuya obra no alcanza mi diccionario de elogios y cuyas páginas son como puertas y ventanas a otros mundos, a otros tiempos que principian en Xibalbá y no terminan jamás.
Cabe destacar que el trabajo del escritor es, ante todo, un trabajo solitario: habitaciones en penumbra, café y música de fondo. Esa misma soledad nos lleva a convertirnos en una especie de nigromantes, de médiums cuya misión es transmitir las historias que flotan en el éter de las ideas como burbujas en el océano de los sueños y las pesadillas, historias que pudieron o no suceder, posibles o imposibles, bellas o terribles.
Y acá debo enfatizar esa dicotomía que nos caracteriza, no sólo a los seres humanos sino a todo el universo: amor y odio, bien y mal, día y noche, porque habrá quienes argumenten que mis escritos están llenos de tinieblas y presentan el lado oscuro del ser humano.
Y, en cierto modo, tienen razón.
Quién sabe, tal vez dicha oscuridad se deba a que yo siempre he pensado que para conocernos a cabalidad y crecer como seres humanos debemos enfrentar (y aceptar) ese demonio que todos traemos dentro, ese animal carnívoro que llevamos impreso en el código genético, conocerlo y saber de lo que es capaz. Negar esa parte de nuestra humanidad sería como rechazar la mitad de nuestra naturaleza y nos convertiríamos en seres a medias.
Tampoco estoy diciendo con esto que soy un apologista del crimen y que debemos dejar salir al animal salvaje que llevamos dentro y convertirnos en asesinos en serie (aunque haya personas que parecieran pedir a gritos que se les asesine…)
Acá debo hacer un alto y destacar la importancia de la imaginación en la literatura, porque muchos autores parecen haber olvidado que, ante todo, uno abre un libro para transportarse a otros universos y abstraerse de la realidad, para conocer otros lugares y maravillarnos con las creaciones del autor.
Recordemos que Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, dijo que “uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.”
Sin imaginación, estamos muertos.
El estimable escritor Francisco Morales Santos, quien hace unos meses recibiera un merecido reconocimiento por parte de la Universidad de San Carlos de Guatemala, dijo en esa ocasión que los escritores somos artesanos de la palabra; al respecto podríamos decir que yo soy un escultor de pesadillas.
Y ya que menciono a Morales Santos quiero aprovechar para agradecer a todo el equipo de Editorial Cultura, en la cual tuve el honor de publicar mi primera novela “El Perro en Llamas”, que es prácticamente la precuela de “Aquí siempre es de noche”.
Quiero agracecer también a la desaparecida Editorial X, donde publiqué mi ópera prima “Seis Cuentos para Fumar”, a la leyenda urbana en que se convirtió su editor Estuardo Prado, y a los colegas que publicaron en ella, con quienes me unen lazos de amistad que van más allá de la literatura y trascienden a todo nivel.
Este agradecimiento va también para la Fundación Soros y su importante labor de apoyo a la cultura del país; a Magna Terra Editores, cuya trayectoria es digna de aplauso y contribuye a la difusión de las letras guatemaltecas, y a la Embajada de México en Guatemala, que tan amablemente nos ha brindado este espacio.
Tristemente, mucha gente parece ignorar que Guatemala es un terreno fértil para la buena literatura, desde José Milla y Vidaurre hasta Wingston González. Tenemos grandes escritores y con sólo mencionar algunos, tanto de la vieja como de la nueva guardia, es una lista enorme: Asturias, Cardoza y Aragón, Monterroso, Gómez Carrillo, Rodríguez Macal, Monteforte Toledo, Herrera, Muñoz, Arce, Obregón, Rey Rosa, Morales Santos, Arias, Prado, Méndez, Payeras, Echeverría, Pedroza y estos maestros que tengo a mi lado (Gerardo Guinea y Juan Pablo Dardón).
Por último, y principalmente, quiero agradecer a mi familia y especialmente a mi madre, que me inculcó el amor por la lectura, y a todos ustedes, por acompañarme en esta memorable ocasión.
Muchas gracias.
(Guatemala, 25 de noviembre de 2009)
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10. November 2009 by admin.
I don´t believe you go to heaven when you’re good
everything goes to hell anyway.
-Tom Waits
Era muy temprano para que las moscas depositaran larvas y echaran a perder la carne de la joven que yacía boca abajo en aquel bosquecillo, más desnuda que el día en que nació y tan muerta como el buen gusto.
Un deceso de horas, quizá.
Un arco iris de tonos verdes, invocado por las recientes lluvias, enmarcaba la palidez de su piel y destacaba la belleza del cadáver. Su cabellera en desorden se derramaba sobre sus hombros, cubría su rostro y serpenteaba sobre la hierba.
El murmullo de las hojas movidas por el viento llenaba la mañana y semejaba esa clase de silencio que llena las iglesias de calle transitada: una radio lejana, mal sintonizada y con las pilas a punto de morir.
Un pájaro de plumas negras como el onix se posó en una rama de pino, causando una pequeña lluvia de rocío que bañó el manto de humus. Agitó las alas con aire majestuoso, erizó las plumas del cuello y empezó a graznar.
Lejos de ahí, el trío de relojes de la Catedral Metropolitana marcaba las ocho de la mañana. Sin embargo, en las afueras de Santa Lucía Milpas Altas —donde yacía la joven— parecían las seis.
El cielo había perdido los colores y era una cobija de plomo helado: parecía que el sol anduviera de vacaciones y no pensara volver nunca.
Una mariposa de alas tornasoladas permaneció más tiempo del necesario sobre el cadáver y su distracción fue aprovechada por el ave negra, que se lanzó desde la rama y la engulló de un picotazo.
A pocos metros, un grupo de petirrojos ocultos en el follaje comía orugas y entonaba la canción de la lluvia.
Era muy temprano para pensar en larvas de mosca.
II
A esa misma hora, el detective José Abel Rosanegra, de la sección de Homicidios de la Policía Nacional, sudaba entre las cobijas y se debatía entre la pesadilla y la vigilia.
En el sueño, que le atormentaba cada vez con una variante distinta, el detective caminaba sin rumbo en un bosque infinito, lleno de árboles negros que destacaban amenazantes contra un atardecer invariable y eterno.
Capas de hojas multicolores y hongos tóxicos decoraban el suelo y se mezclaban con frutos caídos y cadáveres de flores que se corrompían al pie de troncos que alojaban serpientes, panales y legiones de orugas urticantes.
Presentía que no estaba solo en aquella foresta. Miró en derredor y, para su alarma, descubrió que le observaban incontables pares de ojos fulgurantes cuya luminiscencia perforaba la bruma que flotaba entre los árboles.
Docenas de perros, grandes y fieros, le acechaban desde las tinieblas.
Había tantos, ocultos entre las sombras, que el rumor de sus gruñidos era otra forma de silencio.
El suelo, que al principio era firme, fue poco a poco tornándose resbaloso y blando como barro con jabón. Rosanegra bajó la vista y vio los charcos de sangre y lodo que decoraban la vereda.
Intrigado, ignoró la sangre y siguió su camino. Más adelante halló un esqueleto de perro calcinado, los huesos renegridos por el fuego y las fauces abiertas en un eterno aullido post mortem.
Un poco más allá descubrió un segundo, tercer y cuarto esqueleto al pie de los árboles.
Una jauría de esqueletos carbonizados.
No quiso mirar las calaveras carnívoras cuyas cuencas vacías parecían verle con odio desde el más allá y siguió caminando. Sólo se detuvo cuando halló una bifurcación en el camino y una voz rasposa y cascada llegó hasta sus oídos.
“You can’t get out…”
Aquella frase, que recordó haber leído años atrás en algún libro, le hizo evitar la senda izquierda, tan llena de osamentas que el débil resplandor de fuegos fatuos y gas metano se perdía en la distancia.
Tomó la derecha, libre de esqueletos pero llena de cadáveres de ardillas y conejos con el vientre destrozado a mordiscos.
Dicha senda le llevó a una construcción de madera, lodo y piedra cuya forma le recordaba un enorme iglú. La hierba crecía entre sus junturas y estaba parcialmente cubierta por las raíces de una ceiba enorme de cuyas ramas pendía una gigantesca telaraña de bejucos y plantas parásitas.
Una música extraña y demencial que le hizo pensar en una película de horror sin imágenes llegó hasta sus oídos, evocativa y siniestra.
“Come on, do your line…” escuchó que decía la misma voz grave y rasposa desde el interior de aquella especie de cabaña-cubil.
Rosanegra pensó en acercarse y llamar a la puerta pero su instinto le detuvo. Sin hacer ruido, rodeó la casa y pegó la nariz al cristal de una ventana circular por la que escapaba un haz de luz amarillenta.
En el interior, dos extraños seres se inclinaban sobre una vieja mesa de madera. Uno era tan corpulento como un oso erguido, gordo y cubierto de pelaje castaño y erizado.
Un plantígrado de pesadilla.
El otro engendro, menos voluminoso que el primero aunque más alto que Rosanegra, era un lobo antropomorfo de pelo negro y expresión fiera, con grandes garras y aspecto depredatorio.
El ser aquel sostenía un hueso tubular que le tendió al úrsido. Éste lo tomó entre sus dedos y vació un recipiente lleno de polvo sobre la mesa; formó una gruesa línea con aquella sustancia y, colocándose un extremo del tubo de hueso en la nariz, la absorbió con vicioso deleite.
“Lup-66…” pensó Rosanegra y de inmediato escuchó gruñidos a sus espaldas. Se dio la vuelta y se encontró rodeado por una jauría de perros enormes que, al verle de frente, empezaron a ladrar.
Cualquier esfuerzo por callarles iba a ser inútil y Rosanegra lo sabía. Volteó hacia la ventana y vio con angustia que las dos bestias le señalaban y, dejando el hueso y el polvo sobre la mesa, empezaban a caminar hacia él.
Antes que las fauces de los perros se cerraran sobre sus piernas, el timbre de su teléfono lo arrancó del mal sueño y lo regresó a la relativa seguridad de su cama.
Sin abrir los ojos, mitad aliviado y mitad a regañadientes, tanteó a ciegas en busca del teléfono y contestó de mal modo.
Se pasó las manos por la cara mientras hablaba, frotándose los ojos para borrar las imágenes del sueño: los huesos quemados, las calaveras dentadas y la expresión maligna de los engendros de la cabaña.
Bostezó con desgano y cuestionó la necesidad de levantarse a chapotear en el cloacal fango de la rutina laboral.
“Para esa porquería mejor no despertar”, pensó malhumorado.
Se preguntó qué iba a decir al momento de su muerte y concluyó que seguramente sería una frase llena de sarcasmo.
Carraspeando, se puso de pie y descubrió una mariposa negra posada en la pared.
III
La lluvia de agosto no discriminaba: caía con igual furia sobre vivos, vegetales y muerta. En la orilla de la carretera que pasa por Milpas Altas y conduce a la Antigua, el detective Rosanegra estacionó su auto lo más lejos posible de las ambulancias, vehículos de prensa y radiopatrullas.
Bajó el vidrio apenas lo suficiente para tirar el chicle sin sabor, cerró la ventana y, con expresión ausente, se quedó mirando la lluvia que azotaba el parabrisas.
El mundo era un sitio gris, monocromático y deprimente.
Se caló el impermeable a sabiendas de que no le iba a servir de mucho. Tratando de no pensar en cobijas tibias ni café caliente, suspiró resignado y abrió la portezuela.
Una vez afuera debió luchar contra el impulso de regresar al interior seco y tibio del auto, arrancar y largarse. La cercanía de la Cuesta de las Cañas le traía malísimos recuerdos y le ponía de mal humor.
La rabia siempre es útil para anular la tristeza.
Aquel bosquecillo, relativamente cerca de la capital pero lejos de áreas pobladas y miradas indeseables, era idóneo para deshacerse de un cadáver.
Anotó mentalmente la ubicación, para futuras ocasiones.
Con una especie de mal presentimiento que atribuyó al desánimo que inspiran los días lluviosos, se internó en la arboleda y avanzó por una vereda lodosa y estrecha, flanqueada por árboles de aspecto poco saludable y tupidos arbustos.
Un agente uniformado le salió al encuentro, saludó con aire servil y empezó a hablar sin descanso: que mi detective aquí, que mi jefazo allá…
Rosanegra le miró con disgusto. Un policía podía ser muchas cosas, algunas realmente malas, pero lo peor que puede tener alguien es lo rastrero. Fingió escuchar al agente pero siguió caminando, asintiendo y respondiendo con monosílabos para disimular su falta de interés.
El agente siguió hablando hasta que llegaron al sitio donde una docena de reporteros, policías y bomberos rodeaba el cadáver de la joven.
Rosanegra echó un vistazo distraído a su desnudez y preguntó quién la había encontrado.
—Unas doñitas que andaban juntando leña, jefazo —respondió el uniformado sin quitar la vista del cuerpo tirado.
—¿Hace cuánto?
—Una hora, si mucho…
—¿Ya la identificaron?
—Todavía no, mi detective. Todo parece indicar que la mataron en otro lado y la vinieron a tirar aquí. No hay señales de lucha ni nada. Ya examinamos los alrededores y no encontramos ropa ni documentos de identificación. Tampoco…
Rosanegra le interrumpió con un ademán impaciente. Tomó aire, apretó los dientes y se inclinó a ver de cerca el rostro aniñado y hermoso de la difunta.
Con sumo cuidado, utilizando pulgar e índice a manera de pinza, retiró algunos mechones de cabello y dejó al descubierto un lunar, pequeño pero inconfundible, en su mejilla derecha.
“Así que era esto…” pensó al reconocerla y recordar la mariposa negra.
Masculló una ristra de insultos y se incorporó con toda la parsimonia que pudo, como si la semilla de aquella muerte necesitara germinar en el lodazal de su conciencia.
Se quitó el impermeable y cubrió el cuerpo de la joven, para evitar que le tomaran fotos indecorosas.
“No la tape”, dijo un fotógrafo de nota roja llevándoselas de gracioso.
—¿Esa tu cámara es digital o de rollo? —le preguntó Rosanegra volviéndose hacia él.
—Digital…
—Vamos a verla.
—Eeemmm… es que…
—Que me la des, te estoy diciendo.
—¿Y para qué la quiere?
—La quiero ver… Dámela.
El fotógrafo miró a sus colegas en busca de un apoyo moral que no encontró. Rosanegra insistió y el tipo entregó la cámara, no muy convencido.
—Mmm… está bonita, vos. ¿La compraste o te la dieron en el trabajo?
—La compré…
—Ha de ser carísima, ¿verdad?
—Pues… más o menos, todavía la estoy pagando…
—Y este es el menú, ¿verdad?
—Sí, ahí se puede ajustar la velocidad, apertura de lente, resolución, distancia…
—Sí pues… y aquí es para borrar, ¿verdad?
Diciendo esto, Rosanegra eligió la opción “borrar todas las imágenes”, oprimió “aceptar” y devolvió la cámara como si nada hubiera pasado.
—¡Pe…! ¡¿Pero qué hizo?! —chilló el fotógrafo— ¡Me borró todas las fotos!
—Ajá… y vos tenés un minuto para borrarte de mi vista o te vas al bote.
—¡¿Pero por qué?!
—“Que no la tape, que no sé qué, que no sé cuántos…”
—¡Pero si sólo fue una broma!
—Y mirá cuánto me gustó. Así que adiós, que el tiempo corre.
—Pero la nota…
—Que te den copia tus colegas.
—…la libertad de prensa…
—Lo que vas a perder es tu libertad de locomoción y quién sabe qué más: allá adentro no hay derechos humanos que valgan.
—Pero…
—Hablé muy claro, ¿verdad? ¿Sos o te hacés?
Derrotado, el fotógrafo empezó a caminar y los demás pusieron cara de yo no vi nada. Perseguido por la mirada inclemente del detective, llegó hasta el auto en que se movilizaba y le dijo al piloto que se fueran.
—¿Ya? ¿Tan rápido? —inquirió éste.
—La verdad es que me echaron…
—¿Te echaron? ¿Quién?
—Un malencarado con planta de guardaespaldas que llegó de último.
—Ah, Rosanegra…
—Ese…
—¿Y qué hiciste pues?
—Nada, sólo dije un chistín para romper el hielo.
—Cómo sos de mula, con ese pisado no se puede bromear.
—Sí, ya me di cuenta. Vámonos…
Con el pretexto de hacer una llamada, el detective se alejó de la escena y se quedó bajo un grupo de pinos, viendo llover con la mirada fija en ninguna parte.
Sin proponérselo su mente viajó años atrás y recordó, por enésima vez, el incendio que destruyó aquella casa en la zona tres.
Recordó con detalle al pastor alemán negro que salió envuelto en llamas y casi atropella a los bomberos; la imagen del esqueleto medio carbonizado que hallaron en uno de los pasillos —humano excepto las fauces caninas y la dentadura carnívora—, sus manos engarrotadas, los restos de carne achicharrada que se adherían a los huesos del torso, el hedor a churrasco y la sensación de que algo maligno flotaba en aquellas habitaciones cubiertas de ceniza y huesos de perro calcinado.
No era un bonito recuerdo, pero la mente humana suele ser infame.
El juez de paz (un gordo lento y pedante) llegó hasta que se le dio la gana: tres horas después y quince llamadas perdidas.
Rosanegra estaba furioso. Lanzó un comentario sobre la relación entre el exceso de grasa corporal y la falta de proteína en el cerebro pero al gordo no le importó. Hizo lo que tenía que hacer y se largó como si nada.
Una muerte de rutina.
Byron Quiñónez
Guatemala, Octubre 2009
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10. November 2009 by admin.
COMUNICADO DE PRENSA
III Premio Nacional de Novela Corta Luis de Lión
Magna Terra editores y el Fondo para el Fomento Editorial de Fundación Soros Guatemala informa sobre el ganador y finalista del III Premio Nacional de Novela Corta Luis de Lión.
Magna Terra editores, en congruencia con su política de estímulo a la literatura como un eje que articula identidades, fortalece el imaginario colectivo y enriquece el maltrecho estado de ánimo del país, decidió establecer el Premio Nacional de Novela Corta Luis de Lión, en homenaje permanente al gran escritor, autor, entre otras obras, de El tiempo principia en Xibalbá.
Dicho ello, para la convocatoria del III Premio acudieron 34 novelas, cuyos autores provienen de la ciudad de Guatemala y de varios departamentos de la República. Asimismo, cabe destacar la participación de dos escritores mexicanos y un argentino. El jurado estuvo integrado por el editor Raúl Figueroa Sarti, el cineasta Julio Hernández Cordón y el escritor Gerardo Guinea Diez. Así, reunidos en las oficinas de Magna Terra, por unanimidad decidieron que el ganador del Premio Nacional de Novela Corta Luis de Lión es el escritor Byron Quiñónez, quien presentó su obra Aquí siempre es de noche con el seudónimo “El lobo malo de los cuentos”.
La decisión está sustentada en el uso del lenguaje para crear atmósferas, escritas con una sencillez impecab le y a la vez poética. Los personajes de esta novela son un tributo a la novela negra y al anti héroe. Esta obra se une a los festejos de los 200 años de la muerte de Edgar Allan Poe, escritor que se encuentra en el AND de esta novela, que nos intruduce a una serie de pesadillas oníricas y reales que tienen como escenario la ciudad de Guatemala. Ante todo, es una historia que enriquece la literatura contemporánea de Guatemala.
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13. August 2009 by admin.
Talentoso y sin pretensiones, de aspecto juvenil y con mucha más experiencia que años, Javier Payeras es una especie de leyenda urbana en el ámbito cultural de Guatemala. No necesita presentación, a menos que hayamos vivido en una cueva durante los últimos diez años.
De inteligencia incisiva, gran sentido del humor y personalidad relajada, Payeras empezó publicando poesía de manera independiente; lanzó “(…) y Once relatos breves” y “Raktas” en la ya legendaria Editorial X (que también publicó a talentos como Estuardo Prado, Ronald Flores, Maurice Echeverría, Julio Hernández y Francisco Alejandro Méndez) y luego nos brindó “Soledad Brother”, “Ruido de Fondo”, “Afuera” y “Lecturas Menores”. Fue curador del sitio cultural Colloquia y actualmente dirige el proyecto CREA.
Su hábitat cotidiano es el Centro Histórico, donde lo podemos encontrar en el momento menos pensado, tomándose un café o curioseando en los puestos de películas piratas. “Creo que un buen relato lo hacen sus personajes. Si sus contornos están bien definidos. Si quien lo lee es capaz de reconocerlos en cualquier parte e imaginarlos como algo vivo” afirma en su nueva novela, “Días Amarillos”. Y estamos de acuerdo.
¿Cómo se originó “Días Amarillos”?
Creo que se originó en un largo desempleo y una obsesión constante por caminar todo el día por el Centro. Es un relato que surge de la observación y de la lectura. La lectura de un entorno extraño, rudo y enredado en una relación masoquista con el abuso, la intoxicación, el delirio y la violencia.
¿Cuánto tiempo te llevó esta novela, desde su concepción hasta la última revisión?
Más o menos un año para escribirla, otro año para borrarla, otro para añadirle y otro para que me la publicaran.
Te desempeñás con igual talento en la poesía, el ensayo y la narrativa. ¿En qué género literario te sentís más cómodo y cuál te ha dado mayores satisfacciones?
La poesía creo que es todo. Me interesa la poesía, porque un narrador que no lea ni intenta escribir en clave poética es como un niño tonto que trata de contarte una película.
Una pregunta inevitable: ¿cómo ves el panorama actual de la literatura guatemalteca, qué libros nacionales te han gustado últimamente?
Me gusta. Está consolidándose una literatura muy vital. Es una rara muestra de novela corta, novela policiaca, novela histórica, poesía barroca y profana. Aparte de Ronald Flores, Francisco A. Méndez y Mario Cordero, se extraña mucho el ensayo.
Hablando de ensayo, me gustó mucho tu libro “Lecturas Menores”. Repasándolo, en tu prosa veo cierta influencia de Chuck Panahuik, John Fante, Franz Galich y Charles Bukowski.
Sí, ese libro es una bitácora de lecturas que pueden resultar interesantes a lectores más jóvenes. Lectores que no sienten la nostalgia de la vieja guardia europea ni el boom latinoamericano. Me gustan los autores más cercanos a lo que yo pienso de la vida. Claro, admiro a los escritores que escriben como si se tratara de hacer aeróbicos cada mañana, ya sabés: esos que producen libros de más de 500 páginas cada año, pero mucho de lo que dicen se me hace un regodeo entre lugares comunes y palabrerío sin poesía ni sustancia. Creo que un escritor no tiene otro compromiso más que decir lo que piensa de forma clara y concisa. Los autores que elegí para este libro de reseñas, ensayos y viñetas se acercan mucho a mi perspectiva de lo que a mí me gustaría llegar a producir.
El personaje principal de tu novela afirma que “el amarillismo es lo que mantiene viva la industria periodística”. ¿Creés que la situación del país está realmente tan mala o la ha inflado el sensacionalismo?
El amarillismo vende. Lo sabe bien un novelista americano que admiro, Stephen King. Las teorías de la conspiración. La amenaza latente a ese culto de comfort que le llena de aire la cabeza a la clase media. Imaginate: las maras, los asesinatos rituales y los secuestros exprés, ¿qué cabida tienen dentro de esta sociedad de vitaminas y de minúsculos aparatos tecnológicos? Creo que el periodismo noticioso -me refiero al que va dirigido al analfabetismo funcional, donde solo importa el impacto y no el fondo- garantiza su éxito a través del miedo. Entre más miedo haya a “los otros” -esa barbarie desconocida-, a los locos, a los ovnis, a los niños de dos cabezas, a los mensajes cifrados en el cielo o en la tierra, más arriba se disparan las cifras en las ventas. Desgraciadamente, el periodismo más atrasado es siempre el que depende estrictamente del gusto del lector más mediocre.
El detective Washington Chicas es un personaje muy bien logrado que apenas aparece en un par de capítulos de “Días Amarillos”. ¿Pensás utilizarlo en futuras novelas?
Creo que al igual que el detective Pérez Chanan de Francisco Alejandro Méndez, y al Rosanegra de tu novela “El Perro en llamas”, Washington Chicas se va incorporando dentro de una escena de novela negra que va consolidándose. Me gusta mi policía, es un poco yo y es mucho este país. Ya lo dije en la novela misma: un policía es un diagnóstico exacto de lo que es una sociedad, su cultura está reflejada en la clase de policía que tiene. Y claro, también en su periodismo.
¿Escuchás algún tipo de música en especial cuando escribís? Hablanos un poco de tu gusto por bandas tan distintas como The Smiths, Primus y Godflesh.
Es preciso escuchar libros y leer música. Mis poetas contemporáneos favoritos son los músicos que han compuesto mi soundtrack personal: Morrissey de The Smiths, Ian Curtis de Joy Division, Tom Waits, Gustavo Cerati, Thom Yorke de Radiohead, Robert Smith de The Cure y -por supuesto- David Gaham y Martin Gore de Depeche Mode, que es quizá el grupo de rock que más ha influido en mi concepción del arte. Si Cortázar tenía el Jazz como el motor de su inspiración para escribir, en mi caso es la música inglesa New Wave y algún tipo de Punk. Con esto no sería raro que ahora me tildaran de fascineroso y alienado. Pero la verdad, me tiene sin cuidado.
El personaje principal, un escritor desempleado, comenta que se metió a trabajar a un semanario de nota roja porque “el periodismo es lo más cerca que se puede estar de las palabras” y me recordó que César Brañas, Francisco Méndez, Horacio Castellanos Moya e incluso García Márquez han pasado en algún momento por las salas de redacción. ¿Qué opinás al respecto?
Es una manera honesta de ganarse la vida con la deshonestidad. Creo que ser un escritor y no tener dinero es un pecado capital en estos tiempos, en que ser un autor latinoamericano significa ser un junior que estudia en universidades gringas y se dedica a lanzarse piropos con los escritores más exitosos de la farándula literaria. Me parece que hemos creado esa atmósfera lite respecto a la literatura porque le tenemos miedo al presente, porque nuestros países apestan a pobreza y a subdesarrollo y no queremos que nos relacionen con ellos.
Hablando de periodismo, ¿qué tal recepción ha tenido tu columna El Intruso, en Siglo 21?
Buena. Me interesa escribir una columna sin ese estorboso requisito de tener que hablar de los temas que están agendados. Tengo mucha libertad y mucho aprecio por parte de los lectores y del directorio del diario.
“Días Amarillos” entreteje horror urbano con situaciones realmente chistosas, como la de Shakira y el Camello. Es algo muy guatemalteco hacer chiste de las desgracias. ¿Qué opinás de este rasgo de la personalidad guatemalteca, es fortaleza, debilidad, o el cinismo del desencanto?
En ninguna parte del libro se menciona a Guatemala. Sólo se describe la ciudad y se intuye que hablo de ella. Creo que es un libro con ese sentido negro del humor que tanto nos define. Nosotros nos reímos de cosas que aterrorizarían a personas de otro país. El libro tiene una atmósfera macabra, pero también cómica y sentimental. Yo soy así. Bastante gótico y bastante sentimental; incluso, lloro en el cine. Creo que me parece simpática la crueldad de algunos enunciados que pongo en boca de los personajes. Esa doble moral y ese resentimiento que nos define tan bien a los guatemaltecos.
“Días Amarillos” afirma que “la gente, curtida de temas como la miseria y la violencia, ni siquiera se espanta con lo que lee y ve en las noticias diariamente. Ya no busca drogas, porque se intoxica con la realidad”?
Claro. Es parte de nuestra rutinaria militancia en el fracaso.
En cierto pasaje comentás que los centros comerciales son modernas casas de opio y los cines un montón de siniestros receptáculos de pop corn y basura acaramelada; que hasta da vergüenza andar con un libro. ¿Creés que ahora hay más lectores en Guatemala, o somos una especie en extinción?
Hay lectores, pero a nadie le interesa acercarse a ellos y fomentar su interés. Las editoriales guatemaltecas hacen lo suyo, pero se necesita que también influyan los funcionarios de Educación y los empresarios. Se necesita una fuerte red de apoyo para que la gente deje ese apego a la ignorancia que nos tiene tan jodidos.
Aunque distintos, “Días Amarillos “ y “Ruido de Fondo” comparten la misma tónica y en algunos momentos mueven a la risa, mientras que “Afuera” tiene un ambiente más opresivo y carece del humor de las otras dos. ¿Cómo ves la utilización del humor en la nueva novelística guatemalteca?
“Ruido de Fondo” y “Días Amarillos” forman parte de una trilogía que estoy trabajando, donde el personaje central es la ciudad. Son libros distintos que van a formar parte de una sola novela, eso quiero. “Afuera” es parte de otra trilogía que voy a continuar cuando concluya la parte final de estos libros sobre la ciudad. Ese libro es uno de las mejores cosas que he hecho en la vida.
(Esta entrevista fue originalmente publicada el 14 de abril de 2009 en el vespertino La Hora, previo a la presentación de su novela “Días Amarillos”)
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9. June 2008 by admin.
Debo reconocer que he sido un lazy bastard y he dejado pasar muchísimo tiempo sin activar este espacio. Pero como dicen que más vale tarde que nunca, y en vista del creciente número de blogs de colegas y contemporáneos que enaltecen la red, acá estamos, para bien o para mal.
En mi defensa diré que el tiempo que no he dedicado a este blog ha sido utilizado para escribir otro par de novelas cortas (una de las cuales es básicamente la secuela de El Perro en Llamas), un libro de poesía nada poética y algunos cuentos que, una vez editados y pulidos a (casi) completa satisfacción, serán publicados para vuestro disfrute literario.
Por supuesto, el proceso de edición suele ser más largo que la concepción y redacción. Como ya he comentado en varias ocasiones a sendos amigos, “el vicio de editar los textos propios es comparable a la adicción al crack: ya no querés, pero invariablemente volvés”.
Así que sean bienvenidos al cubil del lobo negro, dejen el bagaje de sus ideas arcaicas en la entrada, y recuerden: si acaso Dios creó algo mejor que el café, se lo quedó para él…
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